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El exministro socialista de Defensa, Súper José Bono, no tuvo reparos en protagonizar un tour televisivo y periodístico después de la resolución del Consejo de Estado sobre el accidente del Yak-42 en el que se culpó a Defensa. Para poder disfrazarse de héroe públicamente y volver a contar aquella historia sobre cómo forzaba armarios para encontrar la verdad (aunque cuando fallecieron 17 militares en un accidente de helicóptero en Afganistán los sepultaba bajo cemento) tardó muy poco en responsabilizar al aumento presupuestario generado por la Guerra de Irak de la catástrofe. Llegados a este punto, cabe preguntarse si Súper José traspasó la delgada línea que separa al héroe que lucha contra los malvados que ocultan la verdad del que disfrazado de héroe hace el payaso pretendiendo engordar su egocentrismo. El caso es que el gran superhéroe solicitó con vehemencia, sobre todo en los medios subordinados al PSOE, que se dijera “la verdad a los españoles” ya que en su opinión se contrataron “aviones basura” por los sobrecostes de la Guerra de Irak. Pero ¿dijo la verdad al afirmar que los sobrecostes de la Guerra de Irak causaron la tragedia?

Antes de comenzar, merece la pena recordar los superpoderes que permitieron a Súper José Bono otorgarse a sí mismo una medalla en menos de tres meses desde su llegada al ministerio, gastarse más de 80.000 euros en un retrato o salir ileso cuando afirmó que había arrestado a un general pero, según varios medios, no lo había hecho. Medallas, vanidades y mentirijillas a un lado, lo cierto es que Súper José Bono reapareció en enero de 2017 para confirmarle al mundo que ni se había jubilado ni los villanos habían encontrado la kryptonita necesaria para terminar con Él. Porque Él es indestructible.

La poderosa arma que le ha permitido salir al rescate del mundo y pasearse sin pudor por las teles ha sido un informe elaborado por el Estado Mayor de la Defensa y fechado en el año 2005. Según dicho informe, el gasto provocado por la Guerra de Irak habría sido el mayor responsable del accidente del Yak-42.

Sobre la confección de dicho escrito habría que puntualizar que este fue elaborado por el organismo responsable de las contrataciones de los aviones, por lo que darle fiabilidad supondría también exonerar al propio redactor (Estado Mayor de la Defensa). No se puede olvidar tampoco que la redacción se produjo en el año 2005, lo que nos obligaría a asumir, para aceptarlo, que la subordinación y jerarquización militar no influyó en la independencia del redactor. Indudablemente, ambas debilidades resultan suficientes para cuestionar la credibilidad del informe del EMAD, aunque entonces fuera ministro Súper José Bono.

En cuanto a la esencia del documento, la única forma de cotejar si lo afirmado en él es correcto sería someterlo a un test de esfuerzo para saber si resistirá la Súper Teoría de Súper José Bono el análisis de los presupuestos del año 2003 o la tendencia presupuestaria de los cinco años anteriores. Después de dichas pruebas, el Súper Informe de Súper José Bono (todo en Él es súper, hasta cuando se reúne con un sanguinario como Obiang) queda más que dañado por los efectos de la kriptonita presupuestaria:

  1. Cada vuelo contratado supuso unos 150.000 euros, cantidad que comparada al total presupuestados en el año 2003 (6.479 millones de euros), nos revela que cada vuelo militar (Yak-42, Tupolev u otros) significaba aproximadamente un 0,002315% del presupuesto. Para ser más concreto, si atendemos a la versión de Ernesto Ekáizer, la diferencia entre un avión Tupolev y el trágico Yak-42 fueron 6.000 euros. Es decir, los militares españoles fallecieron, aceptando esta teoría, por una millonésima parte del presupuesto del ministerio de Defensa.
  2. El presupuesto del ministerio de Defensa del año 2003 aumentó aproximadamente en un 20% en los cuatro años anteriores, ya que pasó de 5.578 millones de euros en el año 1999 a 6.063 millones en el año 2001 a los 6.479 millones del año 2003. ¿Era suficiente un aumento de 1.000 millones de euros en cuatro años para asumir los gastos de la Guerra de Irak o el desastre del ‘Prestige’? El año pasado, por poner un ejemplo, se gastaron 770 millones de euros en misiones internacionales (año en el que presumimos ser el país con más misiones internacionales), mientras que el desastre del ‘Prestige’ supuso 27 millones de euros (según Ernesto Ekáizer).
  3. Si se arriesgó la vida de los militares españoles por 6.000 euros, lo normal sería que el resto del presupuesto del ministerio de Defensa se hubiera visto enormemente afectado por el aumento del gasto en la Guerra de Irak. Sin embargo, no lo parece si tenemos en cuenta que en el año 2003 el ministerio de Defensa gastó 17,733 millones de euros en publicidad y propaganda; 10,88 millones en vestuarios; 2,75 millones en prensa, revistas, libros y otras publicaciones; 10,888 millones en acción social (veraneos); 25,893 millones en trabajos técnicos… Solo estas partidas sumaron más de 65 millones de euros, cantidad que se antoja elevadísima si la cotejamos con los 150.000 euros que costaron los vuelos o los 6.000 euros que separaban a un Tupolev de un Yak-42. ¿No podía todo un ministerio de Defensa y un Estado Mayor Conjunto de la Defensa reducir cualquiera de las anteriores partidas presupuestarias para mejorar la seguridad de nuestros militares?

Objetivamente hablando, pues, hay que descartar por completo que los gastos generados por la Guerra de Irak (menos aún el desastre del ‘Prestige’) fueran responsables del accidente del Yak-42. Hecho que acerca a nuestro superhéroe al abismo de la payasada. Y desechada esta versión, las verdaderas causas del accidente del Yak-42 solo pueden encontrarse en la contratación y el control de los vuelos, misión encomendada tanto al ministerio de Defensa, entonces Federico Trillo, como a la cúpula militar (especialmente, EMAD) y jefes de las unidades que aportaron militares. Sobre la gestión de los vuelos cabría puntualizar que:

  1. Se pagaron casi 150.000 euros por cada vuelo, pero la empresa final solo cobró algo más de 35.000 euros, lo que pasó desapercibido a los órganos de control durante más de un año y 44 vuelos.
  2. La cúpula militar tenía derecho (obligación) a inspeccionar cada vuelo de los contratados y, sin embargo, jamás se ejerció esta potestad.
  3. No se gestionaron las catorce quejas por escrito que presentaron los militares, cuando en Noruega bastó que se produjera una sola queja para que dichos vuelos fueran cancelados.
  4. La cúpula militar y el ministerio de Defensa desecharon el informe de los servicios de inteligencia que advertía sobre el estado de los aviones.
  5. Ni el ministerio de Defensa ni la cúpula militar abrieron una investigación cuando se produjo una pregunta parlamentaria por el lamentable estado de los vuelos.
  6. Ninguno de los altos mandos y mandos intermedios militares involucrados, que fueron miles, actuaron con responsabilidad al permitir que sus militares volaran en aviones que no cumplían con los requisitos mínimos de seguridad. Para dar la verdadero dimensión sobre el número aproximado de militares conocedores de la situación habría que tener en cuenta que los 62 militares del Yak-42 pertenecían a 18 unidades diferentes del Ejército del Aire, del Ejército de Tierra y de la Guardia Civil. Si lo extrapolamos a los 44 vuelos (aunque fueran de ida y vuelta) y tenemos en cuenta que los mandos de mayor graduación de cada unidad tenían la obligación de estar informados sobre las vicisitudes de sus militares y estos de informar, queda claro que la situación de los vuelos era un secreto a voces en el mundo militar.

Así pues, aunque Súper José Bono y todos los medios de comunicación del PSOE nos hayan deleitado con unos nuevos y apetitosos episodios de nuestro superhéroe favorito, lo cierto es que analizados objetivamente los datos existentes, podemos concluir que se trató de un fallo en cadena cuya máxima responsabilidad gravita sobre el ministerio de Defensa, la cúpula militar y los jefes de unidad de los militares que participaron de los vuelos.

Debemos concluir, por tanto, que el exministro Trillo y la cúpula militar dijeron la verdad cuando se inculparon mutuamente, pues ambas partes fueron los mayores responsables de la tragedia. Curiosamente, el único que no necesitaba de la falsedad para defender su inocencia, nuestro Súper José Bono, fue precisamente el que recayó de sus problemas con las mentiras para terminar en la hoguera de las vanidades: el aumento del gasto por la Guerra de Irak no mató a los militares españoles fallecidos en Trebisonda en mayo de 2003, sino que fueron las negligencias y las corruptelas de la cúpula militar y el ministerio de Defensa las que provocaron el fallo humano que terminó en tragedia.

Luis Gonzalo Segura, exteniente del Ejército de Tierra, portavoz de OATM y autor de dos novelas (Un paso al frente en 2014 y Código rojo en 2015).

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